Ojalá: La experiencia de Ruth en Paraguay

Testimonios

La experiencia de Ruth en Paraguay

Un día corriente de marzo, durante una conversación con una profesora, donde explicaba su experiencia de voluntariado en Ecuador, dentro de mí surgió una inquietud de envidia que expresé con un “ojalá”.

Disfrutaban del tiempo sin tener que correr para no perder el tren. Daban mucho valor al hecho de compartir. Compartir tiempo con las personas simplemente sentados en la acera de casa, mirando pasando a la gente.

Un día corriente de marzo, durante una conversación con una profesora, donde explicaba su experiencia de voluntariado en Ecuador, dentro de mí surgió una inquietud de envidia que expresé con un “ojalá”. Ella me respondió:

-Ojalá, no, Ruth. Tú eres capaz de hacerlo si quieres.

Al escuchar estas palabras, me di cuenta de que el único impedimento para cumplir mis sueños era yo misma y el hecho de vivir sólo de ilusiones. Así que, en ese momento, puse en marcha mi viaje: empecé a hacer búsqueda de ONGs, mirar opciones para ir por mi cuenta y contactar con conocidos.

Al final, opté por ir al sitio seguro, una ONG que está vinculada con la escuela que había ido desde pequeña, donde sabía que sus valores eran fieles con sus acciones y me sentiría cuidada.

No tenía expectativas sobre mi labor allí. No me importaba dónde ir ni qué iba a hacer, sólo quería aportar mi granito de arena al mundo, conocer otras realidades, emprender un viaje sola y crecer como persona.

Entre formaciones, cierres de etapas, finalización de estudios, fiestas y cumpleaños, el día llegó. Llegó el día que tanto había esperado durante todo el año, parecía ser un sueño pero estaba pasando.

Después de muchas horas de viaje llegué a Paraguay, estaba en la otra punta del mundo sola, sin conocer a nadie como un pollito recién salido del nido con una maleta roja.

Pude descansar y coger fuerzas para empezar lo que había ido a hacer. Estar con las niñas y niños del centro abierto del pueblo, quienes vivían situaciones complejas y sensibles. Aquel espacio era un lugar seguro en el que podían ser niños/as, jugar y reforzar lo que aprendían en clase.

Al principio observé, como siempre me había enseñado mi abuela, observar y ser prudente con las acciones y las palabras es la clave para empezar cualquier relación.

Estaba claro que era diferente a cómo yo había vivido el trato con los/as niños/as como educadora. Tenía la sensación de estar en otra época, como cuando era pequeña, incluso más atrás. Había situaciones como dejar salir al patio a los chicos antes que a las chicas, o que los chicos ocuparan todo el espacio para jugar al fútbol mientras las niñas se quedaban sin espacio para jugar, las diferencias a la hora de repartir una cartulina rosa o azul, una canción que hablaba de una familia y los estereotipos de cada personaje…

Aquí empezó una frustración que no sabía cómo manejar. Tenía claro que quería aportar, pero no sabía por dónde empezar. No hablábamos el mismo idioma, no partíamos de la misma base. Mis valores e ideales no eran los mismos que los de los otros educadores, y no encontraba la forma de llegar a un punto medio donde encajar. Así que decidí dar un paso atrás, no querer implicarme tanto sino acompañar en el proceso y observar otros aspectos que pudieran servirme de aprendizaje.

Tuve la suerte de poder estar con diferentes familias de distintos estatus sociales. Yo lo definiría con el cuento de los tres cerditos. Hay tres formas de vivir, y un lobo que representa la vida, circunstancias, dinero, salud que te puede llegar a meter.

Hay quienes viven en casas de paja que con un viento se puede deshacer su casita. Tienen menos recursos, menos dinero, poca educación académica, poca higiene, pocos privilegios…

Después hay quienes viven en casitas de madera y se protegen más, son emprendedores, buscan la manera de poder mantener un mínimo de calidad de vida y salen adelante con esfuerzo, superando dificultades.

Y finalmente hay quienes viven en casas de ladrillo, están seguros con sus privilegios, tienen un buen nivel de vida y no les hace falta nada, lo controlan casi todo.

Sentirme con el privilegio de poder presenciar los distintos estados de vida me hacía sentir desubicada. De repente compartía momentos con personas que sobrevivían con lo que tenían su día a día y, al mismo tiempo, me encontraba en una caballeriza rodeada de caballos de carrera donde, en una sola carrera ganaban millones de dinero. ¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Qué podía hacer? No tenía respuesta para ese sentimiento de impotencia ante unas desigualdades que no estaba de acuerdo, pero tampoco podía hacer nada, sólo estar agradecida.

No era fácil mantener un equilibrio, sobre todo porque no lo había. Era como surfear entre desigualdades, desconocimiento y la corrupción que era como el aire, siempre presente pero invisible.

Sin embargo, no todo era frustración. Pude experimentar una forma de vivir diferente, con calma, disfrutando de los pequeños placeres, sin estrés y, sobre todo, con humanidad. El día a día era tranquilo. Disfrutaban del tiempo sin tener que correr para no perder el tren. Daban mucho valor al hecho de compartir. Compartir tiempo con las personas simplemente sentados en la acera de casa, mirando pasando a la gente. Estos pequeños momentos eran los que te llenaban el alma. Hablabas con quien pasaba por delante o, de repente, tu vecino te invitaba a su casa a hacer un karaoke.

Por eso, al llegar a mi lugar de origen, llegué a la conclusión de que somos una sociedad muy afortunada. Afortunada por los avances y por las oportunidades que tenemos día a día, afortunada por estar sostenida por una seguridad social que, aunque a veces no funcione del todo bien, está ahí. Está presente para sostenernos y poder acudir a ellos cuando lo necesitamos.

Somos muy ricos, pero nos falta vivir más despacio, poder saborear esta riqueza,
disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Parar y mirar a quien tenemos al lado. Parar y observar la arquitectura que nos rodea. Parar y darnos cuenta en qué estación del año estamos y qué podemos extraer.

Observar, respirar, coger aire y detener nuestra mente que continuamente está llena
estímulos y nos mantiene pendientes de tantas cosas que nos olvidamos de quiénes somos, donde somos, qué escuchamos, qué personas tenemos a nuestro lado y qué necesitan.

Por eso, al volver, sentí que de algún modo ya no pertenecía del todo a lo que siempre había vivido y dónde había crecido. Me di cuenta de que la vida no puede irse sin que la disfrutemos de forma presente y consciente.

Es por eso que, aunque quiero mucho a Barcelona, ​​siento que no es mi lugar. Esta manera de vivir no es la mía, y tengo la esperanza de encontrar mi sitio alguno día.

— Ruth, Voluntaria de SED en Horqueta