Soy Ibon, y este año repito de nuevo como voluntario en Guatemala. La escuela en la que estoy, Futuro Vivo, está situada en Samac (Cobán).
Esta aldea es el epicentro de varias comunidades que se encuentran en las montañas, de donde vienen los y las alumnas del pueblo indígena maya Q´eqchi y Poqomchi.
"(...) la escuela Futuro Vivo, ha permitido a estas niñas y niños poder soñar con un futuro fuera de lo que la cosmovisión maya dice para la cultura Q´eqchi, donde el trabajo en el campo para ellos y las labores del hogar, tejer y la maternidad para ellas son el único deber.
— Ibon, voluntario de SED en Guatemala
Para contextualizar un poco su situación, estas comunidades se encuentran bien alejadas de Samac, tanto que el bus de la escuela tiene que ir a buscarles, porque si fueran andando tardarían entre una y tres horas, dependiendo de la comunidad. Una de estas comunidades no tiene acceso en carro porque no existe pista que la conecte, es por ello que los niños y niñas deben de ir todos los días a la escuela andando una hora y media.
Con esto quiero recalcar el aislamiento en el que se encuentra el alumnado respecto de la ciudad de Cobán, que a pesar de estar a 20 minutos de Samac, debido al estado de la carretera y la escasa población, poca gente de la ciudad conoce la aldea.
Pese a tenerlo todo en contra, la escuela Futuro Vivo, ha permitido a estas niñas y niños poder soñar con un futuro fuera de lo que la cosmovisión maya dice para la cultura Q´eqchi, donde el trabajo en el campo para ellos y las labores del hogar, tejer y la maternidad para ellas son el único deber.
Y es que es muy complicado llegar a esta etapa, ya que en mis cuatro años aquí, cuatro alumnos y alumnas se han quedado por el camino en esta aula, por diferentes razones como tener que trabajar, ser madres, escasa implicación de la familia en su educación…
Es muy importante entender todo esto para ser consciente de la importancia que ha tenido esta semana que las hermanas hayan organizado un retiro de dos días en un lugar donde ellos jamás hubiesen soñado estar. El mensaje era dejarles ver a estos jóvenes adolescentes de 15-16 años, que van a ser la primera promoción que salga de este colegio con estudios de secundaria, que: “Ellos y ellas también pueden, que es posible”.
Esto implicaba muchas cosas. La responsabilidad y la ilusión que supone ser los y las primeras de su familia en realizar estudios de secundaria, los nervios por dejar el colegio en el que crecieron, verse “desprovistos de protección”, la incertidumbre del “qué será de nosotros/as”…
En este retiro, eran ellos y ellas quienes decían en voz alta:
Pero sobre todas estas cosas, lo que más expresaban era lo que soñaban estudiar, cuál era su “fin en mente”, su deseo para cuando fueran mayores.
Todos y todas quieren llegar a tener estudios para ayudar a sus papás y hacer una casa de block, poder comprar un carro o llevar a sus familias de vacaciones a la ciudad o al lago. Expresaban, con lágrimas en los ojos, el agradecimiento a las hermanas por haberles dado la oportunidad de soñar con su futuro elegido, por haberles brindado el honor de ser quienes eligen su destino. Se sentían personas afortunadas porque quienes no pudieron terminar sus estudios, no pudieron elegir y, en cambio ellos y ellas sí han tenido la suerte de poder soñar.
Ahora les vuelve a tocar luchar, esta vez en Cobán, fuera de ese entorno seguro que fue la escuela Futuro Vivo, y con el estigma que tiene ser indígenas Q´eqchi y Poqomchi. Les toca romper estereotipos y volver a sus comunidades para cuestionar los que les dicen: “NO PUEDES”. Demostrar que, a través de los estudios, son capaces de provocar un cambio positivo en su entorno: ayudar a que otras personas puedan tenerlo no más fácil, sino menos difícil, y algún día hacer que el ‘soñar’ deje de ser un privilegio que solo es posible para quienes estudian en Futuro Vivo.